La madera que Miranda venera

mayo 18, 2026

La imagen de San Juan del Monte: historia tallada en nogal

Hay objetos que concentran en sí mismos la memoria de un pueblo. La imagen de San Juan del Monte que preside las fiestas más queridas de Miranda de Ebro es uno de ellos. Tallada en madera de nogal por el artista mirandés José Antonio Pereda Nograro en el año 2000, esta escultura de 1,20 metros de altura se ha convertido en el símbolo visible de una devoción que los mirandeses llevan siglos cultivando.

Un ermitaño de madera noble

Lo primero que llama la atención de la imagen es su austeridad. Pereda Nograro eligió dejar el nogal sin policromar, una decisión que dice mucho sobre el espíritu de la obra. No hay dorados ni pinturas que intermedien entre el espectador y la madera: el pardo cálido y profundo del nogal es, en sí mismo, el acabado. Una madera que envejece con dignidad, que oscurece con el tiempo y que gana carácter con los años, igual que los santos de verdad.

La figura representa a Juan como anacoreta, el ermitaño que la tradición mirandesa sitúa en las laderas del Monte de Miranda: barba pronunciada, túnica sencilla, la imagen de quien ha renunciado al mundo para quedarse en él de otra manera. Una iconografía sobria, sin artificios, completamente coherente con el material elegido.

Antes de Pereda Nograro: las tallas que abrieron el camino

La imagen actual tiene predecesoras, y para encontrarlas basta con adentrarse en la propia Ermita de San Juan del Monte. En su interior se conserva un pequeño retablo barroco, trasladado en 1939 desde el cercano Monasterio de Santa María la Imperial de Obarenes, que acoge una hornacina en la que hoy descansa la imagen de Pereda Nograro. Ese retablo es, en sí mismo, una ventana abierta a siglos de historia.

Pero la imagen actual no fue siempre la que ocupó ese lugar. Hasta el año 2000, quien presidió la Ermita y bajó a Miranda en procesión durante las fiestas fue otra talla de madera sin policromar, esta vez ejecutada en 1981 por el párroco Javier Sáez. Al igual que la de Pereda Nograro, también representaba al Santo como ermitaño, siguiendo ya la iconografía local que Miranda había ido construyendo como propia. Una talla humilde en su origen —obra de un párroco, no de un escultor profesional— pero cargada del mismo espíritu de sencillez que define a este santo mirandés.

Y antes de Javier Sáez, la historia da un giro revelador. Durante siglos, la imagen que representó a San Juan del Monte en la Ermita no fue la de un ermitaño, sino la de San Juan Evangelista, una talla barroca del siglo XVII que aún se conserva en el templo, aunque repintada en años recientes. Este detalle no es menor: habla de cómo la identidad de un santo puede ir transformándose con el tiempo, moldeada por la devoción popular hasta que la figura del anacoreta terminó desplazando a la del apóstol y escritor del Apocalipsis.

Un altar con siglos de historia

La riqueza artística de la Ermita va mucho más allá de la imagen titular. Entre las piezas que completan su patrimonio destaca una escultura de San Juan Bautista, también barroca del siglo XVII, y una talla popular conocida como «El Manro», que ha perdido buena parte de su volumen original pero que parece estar igualmente dedicada al Bautista. Hay también una extraordinaria talla gótica del siglo XIV de la Virgen María, a la que le falta el Niño Jesús, y un Ángel tenante de factura romanista fechado entre finales del siglo XVI y principios del XVII. Cierran este conjunto dos esculturas de santos de finales de la Edad Media, que completan un espacio que es, a la vez, lugar de devoción y pequeño museo de imaginería religiosa.

Toda esta imaginería tiene algo en común: está tallada en madera. Siglos de manos anónimas y de artistas conocidos que encontraron en este material el soporte adecuado para expresar lo sagrado. Desde el gótico hasta hoy, la madera ha sido siempre el lenguaje de este rincón del Monte de Miranda.

Un símbolo que es también una historia

La talla de José Antonio Pereda Nograro es, en ese sentido, la culminación natural de un proceso de identidad colectiva. Una comunidad que había ido construyendo su propia imagen del santo encontró por fin una pieza que la representaba con la dignidad que merecía. Un proceso, por cierto, muy parecido al que vive cualquier material noble: el tiempo y la mano del artesano lo van convirtiendo, poco a poco, en algo que va más allá de lo que era al principio.

Madera que habla de raíces

En Maderas Susaeta entendemos bien por qué el nogal fue la elección para esta imagen. Es una madera con carácter, con presencia, con una historia tan larga como la de los propios bosques de Castilla. Que una escultura de referencia para toda una ciudad haya sido tallada en nogal no es casualidad: es el reconocimiento de que hay materiales que, por naturaleza, están a la altura de lo que se les pide.